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11 d’agost de 2011

De gran vull ser ... martell

Avui, anant a treballar, sentíem Serrat que cantava els poemes de Miguel Hernández.
M'agraden tots, però n'hi ha un que trobo especialment colpidor, bell en la seva cruesa, social en la seva denúncia; és el poema "El niño yuntero" del llibre "Viento del pueblo".

Aquest poema s'ha d'entendre en l'època que va ser escrit; com a evidència de la gana i les estretors que suportaven unes determinades classes socials (com sempre les més desfavorides); i com un esclat d'indignació davant de tanta injustícia social.  Potser perquè els poetes han de ser vent del poble:
"Los poetas somos viento del pueblo: nacemos para pasar soplados a través de sus poros y conducir sus ojos y sus sentimientos hacia las cumbres más hermosas."
(Miguel Hernández)
Però si avui parlo d'aquest poema és perquè -més enllà de la bellesa del poema i de la cançó-, quan la sentia pensava en tots aquests nens que moren de gana a la banya d'Àfrica i que ni tan sols tindran oportunitat de ser "niños yunteros" perquè són carn de voltor més que no pas "carne de yugo".
També penso en els més de 40 milions de nens que es veuen obligats a treballar a l'agricultura, a les fàbriques, en petites indústries, en la mineria, en tallers d'artesania, en l'hostaleria, en botigues, com a venedores ambulants, o bé prostituint-se.  I em pregunto, com pot ser que això continuï passant?; i no només que continuï passant, sinó que vagi cada cop a més.


I sí.  A mi també em dolen aquests nens, i se'm remou l'ànima, i voldria ser martell i botxí, però de moment em conformaré amb compartir amb vosaltres el poema, la cançó i -espero- la reflexió.

El niño yuntero

Carne de yugo, ha nacido
más humillado que bello,
con el cuello perseguido
por el yugo para el cuello.

Nace, como la herramienta,
a los golpes destinado,
de una tierra descontenta
y un insatisfecho arado.

Entre estiércol puro y vivo
de vacas, trae a la vida
un alma color de olivo
vieja ya y encallecida.

Empieza a vivir, y empieza
a morir de punta a punta
levantando la corteza
de su madre con la yunta.

Empieza a sentir, y siente
la vida como una guerra,
y a dar fatigosamente
en los huesos de la tierra.

Contar sus años no sabe,
y ya sabe que el sudor
es una corona grave
de sal para el labrador.

Trabaja, y mientras trabaja
masculinamente serio,
se unge de lluvia y se alhaja
de carne de cementerio.

A fuerza de golpes, fuerte,
y a fuerza de sol, bruñido,
con una ambición de muerte
despedaza un pan reñido.

Cada nuevo día es
más raíz, menos criatura,
que escucha bajo sus pies
la voz de la sepultura.

Y como raíz se hunde
en la tierra lentamente
para que la tierra inunde
de paz y panes su frente.

Me duele este niño hambriento
como una grandiosa espina,
y su vivir ceniciento
revuelve mi alma de encina.

Lo veo arar los rastrojos,
y devorar un mendrugo,
y declarar con los ojos
que por qué es carne de yugo.

Me da su arado en el pecho,
y su vida en la garganta,
y sufro viendo el barbecho
tan grande bajo su planta.

¿Quién salvará este chiquillo
menor que un grano de avena?
¿De dónde saldrá el martillo
verdugo de esta cadena?

Que salga del corazón
de los hombres jornaleros,
que antes de ser hombres son
y han sido niños yunteros.






1 comentari :

  1. M'has fet pensar en aquesta altra cançó:

    si tuviera un martillo
    golpearía en la mañana,
    golpearía en la noche,
    por todo el país
    ...
    martillo de justícia,
    campana de libertad
    y una canción de Paz

    segur que la recordes.
    una abraçada

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